Han pasado ya dos años desde aquel 12 de sep1embre en el que, con nervios e ilusión, crucé por primera vez la puerta del Colegio Mayor María de Molina. No sabía muy bien qué esperar, todo era nuevo: una etapa dis1nta, una ciudad nueva, personas desconocidas… y sin embargo, lo que encontré fue muchísimo más de lo que jamás habría imaginado.
Recuerdo esos primeros días en los que empezábamos a conocernos. En ese momento no sabía que entre vosotras estaban algunas de las personas más importantes de mi vida. Dos años después, no imagino el día a día sin vosotras. Han sido dos años de descubrir, de equivocarme, de aprender, de crecer… y, sobre todo, de caminar acompañada. De compar1r desayunos con prisas, charlas nocturnas en los pasillos, risas que sanan y abrazos que reconfortan.
Si pudiera volver atrás, no dudaría ni un segundo en volver a echar aquella solicitud que me abrió la puerta a esta casa que hoy también es mi hogar. Porque eso ha sido el María de Molina: una casa. Un lugar seguro. Un refugio que ha estado ahí en los días buenos y, especialmente, en los no tan buenos.
He aprendido muchísimo. He aprendido a sonreír incluso cuando el día no era fácil, a acompañar en el silencio, a escuchar de verdad, a no juzgar, a abrirme a nuevas oportunidades, y sobre todo, he aprendido que nunca es tarde.
Nunca es tarde para pedir perdón, para dar las gracias, para decir que sí, para volver a empezar… y nunca es tarde para hacer amigas. Muchas veces creemos que la primera persona que se sienta a nuestro lado será nuestra amiga para siempre, y a veces no es así. A veces las conexiones más profundas llegan más tarde, cuando menos te lo esperas, y son tan fuertes que te hacen darte cuenta de que tu si1o estaba justo ahí, al lado de esa persona.
Por eso, si puedo dar un consejo a las que seguís aquí, es que estéis siempre abiertas. Abiertas a lo nuevo, a lo que llega, a lo inesperado. Porque lo mejor muchas veces está por venir.
Y aunque muchas de nosotras el año que viene sigamos nuestros caminos fuera del colegio, os pido que no dejéis que se pierda el espíritu del María de Molina. Ese espíritu de comunidad, de acogida, de cercanía. Ese que hace que este lugar sea tan especial. Cuidadlo, mimadlo y mantenedlo vivo para las que llegan.
Antes de terminar, quiero dar las gracias a quienes han hecho esto posible. A Esperanza, por creer en mí y darme la oportunidad de formar parte de esta familia. A Loli y a Magda, por estar siempre ahí, pendientes de nosotras siempre. Gracias de corazón.
Gracias a Cecilia y a Reyes, por ser mis pilares estos dos años. Por vuestro apoyo incondicional, por vuestra amistad, por tanto. Mi paso por este colegio no habría sido el mismo sin vosotras. Os quiero.
Gracias también a Teresa, María, Natalia y Marta, porque las comidas con vosotras han sido puro hogar.
Y gracias, por supuesto, a cada una de vosotras. Las que habéis formado parte de mi día a día, las que habéis dejado huella, las que habéis hecho de este colegio una comunidad tan bonita. Gracias de todo corazón.
Con todo mi cariño,
Julia